viernes, febrero 10, 2012

Presente


A pesar de que no era un viaje largo ni muy planificado y que reemplazaría al esperado viaje a La Serena que tanto querían hacer, el viaje que emprendieron ambos contaba con una alegría que podía reconocerse en el aire. No era que hablaran mucho ni que la música fuera para bailar, pero había buen ambiente, los dos se sentían livianos y sin preocupaciones.

Pedro se había levantado temprano, organizó las pocas cosas que necesitarían para el viaje y revisó el auto. Emilia se quedó un rato más en la cama, pero cuando decidió levantarse preparó un desayuno liviano para los dos, mientras Pedro ya había organizado todo y se daba una ducha corta como siempre.

En Copiapó eran las 10 de la mañana y ya había un sol abrazador que dentro del auto se sentía molesto. Emilia lo sintió especialmente cuando Pedro decidió hacer la parada habitual para revisar el aire de los neumáticos y llenar el estanque de bencina. Pero el calor sólo duró hasta salir del valle y tomar la paralela a la costa que los llevaría a Caldera por la Ruta 5. A esas alturas del viaje el cielo ya estaba nublado y, aunque no hacía frío, tampoco agobiaba el calor. Era un día agradable comentaron ambos entusiasmados por la idea de salir.

El Santuario de la Naturaleza es un pequeño lugar que queda a 11 kilómetros al norte de Caldera, en la playa, su principal atractivo son las piedras con incrustaciones de granito orbicular, de las cuales se dice que son únicas en América del Sur. Pero también tiene otros atractivos menos únicos y raros como las numerosas familias de lobos marinos que repletan el paisaje de la costa.

Más o menos ese fue el argumento que hizo que Pedro se convenciera del viaje. Más o menos porque el argumento definitivo siempre ha sido, en todo orden de decisiones, la premisa de amor que Pedro tiene, y que consiste en consentir en todo a Emilia, pero sin que ella se de cuenta.

El nunca pensó que ese sería el lugar en el que hablaría del asunto. No lo planificó porque habría sido incapaz de planificar una confesión como aquella. Tanto así, que en las pocas ocasiones en que la idea se le pasó por la cabeza, terminó siempre pensando que nunca le contaría a su mujer esa historia que tantas veces lo había atormentado y que cada cierto tiempo se aparecía en sus sueños en forma de pesadilla y con ingredientes tan tormentosamente reales que si hubiese podido localizar la parte de su cuerpo en donde aquello ocurría habría dicho que le provocaban dolor.

Sólo ocurrió. Sentado al lado de su mujer con un sol que se despedía maquillado por las nubes y el reflejo del mar, comenzó a hablar.

Primero contó que no sabía lo que estaba pasando, sólo sabía que era algo terriblemente malo y que seguramente él tenía la culpa de todo.

También sabía que nunca debía decírselo a nadie, pero lo sabía más porque había algo en él, un miedo indescifrable, una pulsión que no tenía nombre que por tratarse de algo que nadie debía saber.

Se desabrochó la chaqueta y decidió soltar la mano de Emilia para cubrirse la cara y tomarse el pelo mientras seguía contando sin mirarla.

Emilia sólo dijo que no eran necesarios los detalles, que nada había cambiado, que ella estaría a su lado ahora como siempre, como lo ha estado desde ese día en que él le regalo ese girasol que todavía tiene, que la alegría que él le dio a ella, ella está dispuesta a devolvérsela, que ella tiene mucho amor para darle y siempre se lo dará…

Ese fue el momento en el que Pedro comenzó a suspirar un llanto silencioso y profundo, un llanto que le salía desde el vientre y desde los huesos, un llanto que parecía eterno. Un llanto que lo devolvía a su niñez

No hablaron mientras volvían a Copiapó, ella se ofreció para conducir y le sugirió que durmiera durante el viaje de vuelta. Él reclinó su asiento mientras pasaban frente al aeropuerto Desierto de Atacama y dejó que ella pensara que estaba durmiendo, pero sólo descansó con los ojos cerrados y la memoria puesta en un siglo de cosas ya pasadas y falsamente olvidadas.

Una vez en casa dejaron el auto cargado y se metieron a la casa y luego a la pieza y finalmente a la cama. Antes de apagar la luz y de poner su mano en el pecho de él. Emilia respiró profundo y lo miró seriamente a los ojos y con toda la ternura que pudo sacar de su alma, le dijo

Te amo con toda mi alma Pedro… y cada vez que quieras hablar de esto lo puedes hacer… y si no quieres hacerlo, jamás volveremos a pensar en ello”.

Y luego le sentenció.

“Si quieres denunciarlo, cuenta conmigo, con mi cariño y con mi rabia.”

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